top of page

¿Le perdimos el respeto a la muerte?

  • Foto del escritor: Doménica Cabrera
    Doménica Cabrera
  • 3 nov 2021
  • 4 min de lectura

En mi anhelo por hacer de esta sección algo más entretenido y más acorde al tipo de textos que acostumbro escribir, he decidido hablarles sobre dos temas que siempre han llamado mi atención.

Si decido buscar dentro de mis más lejanos recuerdos, puedo sorprenderme al encontrar una versión de mi yo de seis años completamente cautivada con una obra de teatro infantil a la que mi madre me llevó. Probablemente decidió llevarme al teatro esa noche después de ver lo feliz que me hacía participar en pequeñas obras para la iglesia desde los tres años y medio.

La primera obra en la que recuerdo haber participado fue “Blancanieves”, se suponía que mi papel era el del enano que estornudaba y despertaba a Blancanieves la primera vez que llegó a la casa de los siete enanitos; sin embargo, la vida no siempre es justa, cuando la hora llegó otro niño estornudó y me robó mi momento. Admito que eso me enfadó y quizás después de la obra acusé a ese niño con mis padres.

No obstante, la parte importante de esto es que ese momento marcó el inicio de algo que no entendería hasta esa noche de 2006 en el teatro. Mi madre dice que cuando la obra terminó me paré como pude en mi silla y empecé a aplaudir, ese sin duda fue el momento en el que me di cuenta de que los eventos culturales me apasionaban, el resto de años se resumieron en hacer “méritos” para que mis padres accedieran a llevarme a presentaciones de danza, conciertos de orquestas y más obras.

Quizás haber participado en la obra de Blancanieves realmente me marcó en más de un sentido. Desde muy pequeña empecé a desarrollar una especie de fascinación por la muerte y seguramente el haber visto de primera mano a una princesa tendida en el suelo después de haber comido una manzana influyó.

No le temo a la muerte, mis padres siempre me enseñaron a verla desde una perspectiva positiva; me enseñaron que era un premio, solo puedes ganarte el descanso eterno si la vida que llevaste lo merece y pocos son dignos de ella.

Por extraño que parezca, nunca me han aterrado los cementerios, féretros, salas de velaciones, velorios o incluso el acercarme a ver/despedir a los difuntos que están siendo velados; probablemente estés pensando que solo es morbo, pero no lo es, mi gusto tan peculiar me condujo muchas veces a anhelar dicho descanso eterno, por lo que mi familia intentó distraer mi mente con temas más apropiados para mi edad.

El ver la preocupación de mi familia (sobre todo la de mi padre que me decía que dejará de hablar de esas cosas cada vez que sacaba el tema) hizo que prefiriera guardar mis dudas y pensamientos para mí misma, pero que callara no significaba que esos temas abandonaran mi mente.

Probablemente para este punto te estarás preguntando qué tiene que ver todo esto con la sección del blog, la respuesta es más sencilla de lo que parece, siempre quise explorar el cementerio por la noche y probablemente jamás lo hubiese hecho de no ser por el Colectivo Artístico Barojo, lo que nos lleva a la siguiente parte de la historia.

En la ciudad en la que vivo hemos tenido feriado desde el 30 de octubre por el día de los difuntos y la fiesta de independencia de la ciudad (en realidad el feriado era del 1 al 3 de noviembre, pero aquí aprovechamos el fin de semana para celebrar también).

El feriado y las fiestas han servido para que múltiples establecimientos e instituciones generen una agenda llena de eventos para aprovecharse del turismo tanto como se pueda. Uno de estos eventos fue “Ruta de Leyendas – Los difuntos”, este es un recorrido teatral a cargo del Colectivo Barojo y el Cementerio Municipal de la ciudad.

Como ya estarás imaginando, mezclar un cementerio y una puesta en escena solo puede dar un resultado… sí, una Dome comprando entradas e invitando a amigas que siempre están dispuestas a todo; solo había un problema, el plan era cautivador, pero ¿qué tan correcto es lucrar de los muertos? Peor aún, ¿es correcto hacer turismo en un cementerio?

Haciendo caso omiso de lo que nuestras conciencias nos decían, mis amigas y yo decidimos ir. Más allá de las múltiples historias de personajes ilustres de la ciudad, un par de leyendas urbanas y sustos que nos autoprovocamos la pasamos bien, al menos hasta que encontramos ciertas incoherencias.

En un punto del recorrido, la guía “La Suquita María”, nos pidió que antes de pasar a una sección de tumbas debíamos hacer una especie de mini ritual para que se nos concediera permiso para pasar y evitáramos que nuestra alma se quede ahí o para evitar que un alma nos siguiera.

Ante este hecho, mi amiga Sofía comentó que ya no tenía sentido hacerlo en ese punto del recorrido, que era algo que debimos haber hecho antes de entrar al cementerio y que en ese punto ya habíamos irrespetado a todos los muertos.

Por su parte, la guía solo nos supo responder que el pedir permiso antes del recorrido era nuestra responsabilidad, pero que, en todo caso, el cementerio tenía plantas de protección. Al final del recorrido añadió: “es necesario aprender de nuestros muertos, ellos son parte de nuestra cultura, necesitamos conocer a Cuenca en cuentos”.

Este conflicto de opiniones me hizo recurrir a mi abuela, necesitaba un punto de vista externo y dijo “mi abuela llevaba a toda la familia al cementerio y tomábamos colada morada, era nuestra tradición”, todo esto me hizo pensar que como seres humanos hemos llegado a un punto en que le perdimos el respeto a todo lo sagrado.

¿Qué tan diferente es hacer un recorrido turístico/educativo del ir con la familia a comer en el cementerio, si después de todo, las dos acciones las hacemos en nombre de la tradición y la cultura?


 
 
 

Comentarios


Formulario de suscripción

¡Gracias por tu mensaje!

©2020 por De la tinta al corazón. Creada con Wix.com

bottom of page