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Desconectados

  • Foto del escritor: Doménica Cabrera
    Doménica Cabrera
  • 11 oct 2021
  • 3 min de lectura

Me permitiré en esta ocasión, a diferencia de los textos que suelo escribir, hablar sobre mí. Pertenezco a la gloriosa Generación Z, o al menos a nosotros nos gusta pensar que nuestra generación es gloriosa, quizás por los adelantos tecnológicos con los que crecimos y las facilidades que tuvimos desde el segundo cero de nuestra concepción, aunque a mi parecer es solo un asunto de ego.

Nos vanagloriamos de los lujos y comodidades que la tecnología nos proporcionó, nos sentimos una especie de deidades que pueden obtener lo que desean con tan solo un “click” o un toque de nuestro dedo en la pantalla, pero la verdad es que sin nuestros dispositivos móviles no somos más que simple e insignificante basura.

Estamos tan acostumbrados a complacer nuestros caprichos de forma inmediata, al punto de que si llegamos a ser despojados de aquel poder nos convertimos en seres ignorantes, aquello que nos facilitó la vida también nos despojó de nuestra capacidad de pensar y de actuar por nuestra propia cuenta.

Somos la basura que depende de algoritmos para saber qué nos gusta, qué buscamos y lo que debemos hacer; dependemos de los algoritmos para poder concretar una cita con alguien que no sabemos si nos gusta o si tenemos cosas en común, pero si el algoritmo lo sugiere probablemente haremos “match”. Somos “las deidades” que necesitan de algoritmos para poder saber quiénes somos.

Para cualquier persona, la sola idea de que la prohibición del uso de un celular fuera un deber de nivel universitario sería completamente ilógica; sin embargo, lo que para ustedes puede ser un sin sentido o irreal, en mi caso, se convirtió en una realidad.

Estudio comunicación y me encuentro cursando el quinto ciclo de la carrera, por lo que comprenderán el nivel de mi sorpresa cuando mi profesor dijo que mi deber sería dejar de utilizar por completo mi celular durante un período de veinticuatro horas.

Debo admitir que al principio pensé que se trataba de una broma, al menos hasta que con expresión seria y tono frío nos repitió la premisa y especificó los días que podíamos realizar el ejercicio.

Cuando me di cuenta de que la cosa iba en serio, lo primero que vino a mi mente fue una sensación de alivio; tengo algo de práctica en desconectarme de las redes sociales y no me consideraba una persona dependiente de su teléfono, después de todo, en varias ocasiones había olvidado mi celular en mi pupitre cuando estaba en el colegio.

Mi sensación de alivio y confianza acabó cuando me di cuenta de que al crecer le había confiado más tareas rutinarias a mi celular; fue solo una cuestión de segundos ver cómo la seguridad se desvanecía y empezaba a ser invadida por una sensación de horror al darme cuenta de que no podría usar la alarma de mi celular.

Suena tonto, lo sé, pero si hay algo de lo que dependo completamente es de mis ocho alarmas cuidadosamente programadas para lograr despertarme y poder levantarme a tiempo para fingir que tengo una vida normal y organizada.

Al llegar a casa y comentarles a mis padres y hermano sobre lo que tenía que hacer y la fecha que había escogido para hacerlo, automáticamente parecía que había abierto el espacio perfecto para los chistes sin gracia de mi hermano y por supuesto, también proporcioné la oportunidad perfecta para que mis padres se molestaran nuevamente y comentaran cómo mi carrera no solo no aportaba algo útil a mi vida, sino que además me representaba una pérdida de tiempo y un despilfarro de dinero para ellos.

En momentos como esos y frente a personas como ellos, sé que es completamente inútil dar pelea o intentar defender mis ideales, sueños o metas; lo más prudente en esos casos (o al menos lo que a mí siempre me resulta) es auto aplicarse el “modo avión”, al igual que con los celulares o computadoras uno puede elegir desconectarse, uno puede -de cierta forma- volverse casi invisible.

Marshall McLuhan no era ningún loco cuando dijo que “un medio debe entenderse como aquello que extiende una facultad del hombre”, uno puede auto aplicarse ese “modo avión” para desconectar de las señales que le rodean, puede crear ese silencio que le separa de esa realidad que le rodea.

Silencio, eso fue lo que hubo en mi día de desconexión, logré despertar gracias a los saltos que mi perro dio en mi cama para jugar. El resto del día se resumió en reconectar conmigo misma y aunque quise contactarme con muchas personas, me di cuenta de que lo único que necesitaba era ese silencio y la paz que me generaba el dejar de preocuparme por lo que pasaba a mi alrededor y concentrarme solo en lo que en ese momento me pasaba. Me dio paz.



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